miércoles, 24 de febrero de 2010



Caballitos de papel susurrando mientras estudia y su ritmo le lleva muy lejos.

Le recuerdan que está loco y nunca crecerá. Voces que le llaman y le recuerdan que es de otro mundo y nunca debe olvidarlo. Como un experimento abandonado por sus creadores a su suerte que se siente extraño allá donde vaya porque ya no sueña ni pretende ser consciente de que no está cortado por el mismo patrón.

Y aquellas voces de ruleta se acaban volviendo siniestras y reflejan partes de su interior que está fuera de su alcance comprender porque nadie le ha explicado de qué está hecho exactamente. El pequeño niño perdido necesita un curso de manejo de sí mismo porque siempre se acaba oxidando y dándose un uso distinto al uso para el cual fue diseñado. Esto es un ejercicio de autorreflexión y la constatación total de que es imposible que todos seamos perfectamente capaces de comprender si acaso quiénes somos y conjuntarnos y todo aquello que implique equilibrio o tranquilidad implica no esforzarse en absoluto en comprender lo que nos rodea, sino simplemente ser capaces de asumir que somos cientos de miles de no-iguales llamados a no repetir los mismos errores. Somos; o eso creen todos los que habitan en el , incluso los que habitan fuera de él creen que no somos ni uno ni cientos sino simplemente no somos; libres, tan tan libres ,que no somos.

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